Europa: Evaluación de fin de curso

Terminamos el curso académico con una situación en los mercados financieros que no ha mejorado con respecto a la de junio de 2011. Y eso a pesar de que desde entonces las cumbres europeas se han multiplicado alcanzándose acuerdos que eran impensables unos meses atrás. Sin embargo la opinión sobre la capacidad de los líderes europeos para resolver la crisis de confianza en la que estamos metidos sigue siendo muy pesimista como refleja Jean Pisani-Ferry en un artículo reciente con el ilustrativo título: An Agenda for Europe’s Weary Magicians. Aunque las reuniones de junio y julio han hecho algo por cambiar esta percepción,  los sucesivos conejos que estos dirigentes sacan de la chistera no impresionan a los mercados e incluso contribuyen a acentuar la desconfianza en que el Euro tal y como lo conocemos pueda sobrevivir.

Europa se enfrenta a tres grandes retos. El primero es la identificación de los déficits del proceso de integración que han desembocado en la crisis actual con el fin de  diseñar unas instituciones que impidan que esta situación vuelva a producirse. El segundo es la puesta en marcha de estímulos al crecimiento para impulsar la creación de empleo. Y el tercero es aplicar las medidas extraordinarias que mitiguen las tensiones financieras extremas en medio de las cuales cualquier accidente puede provocar la salida de algún país del Euro e incluso su división en dos áreas monetarias.  

En el diseño de largo plazo de la unión en donde los avances han sido más significativos. El problema no era exclusivamente fiscal. Los líderes europeos han identificado las causas profundas de la situación actual y han empezando a poner en práctica medidas para favorecer la convergencia económica. A los problemas de la economía europea en su conjunto -demografía desfavorable, bajo crecimiento de la productividad- se añaden notables diferencias en el crecimiento del crédito, el predominio de la construcción en la estructura productiva y las disparidades en los costes laborales unitarios, que se reflejaron en una divergencia creciente en las posiciones exteriores de los países. Para corregirlos y para superar el fracaso del Pacto de Estabilidad se han puesto en marcha mecanismos que han sido comentados ya en NeG: el Fiscal Compact, destinado a ordenar a medio plazo las finanzas públicas de los países europeos, el European Systemic Risk Board y el Macroeconomic Imbalance Procedure, etc.

En este rediseño institucional había dos grandes carencias: la integración bancaria y la cohesión fiscal con capacidad contracíclica. La reciente cumbre ha supuesto un avance al reconocer la necesidad de una integración bancaria efectiva para mejorar la asignación de recursos a largo plazo y para mitigar el contagio de las crisis bancarias a la deuda pública. Es un paso positivo, sobre el que sin embargo no se puede decir mucho más a falta de conocer los detalles. Queda por resolver la cuestión de un Tesoro Europeo con capacidad suficiente para afrontar transferencias contracíclicas y alguna forma de mutualización de la deuda. Este choca con la resistencia de los países del Norte por lo que, nacionalismos aparte, es necesario acabar con la percepción de que estas transferencias van a funcionar permanentemente en la misma dirección, y aquí es donde las reformas en los países del Sur pueden ser determinantes.

En el segundo reto los logros han sido más modestos. La combinación óptima entre ajuste fiscal y crecimiento económico es difícil de establecer, máxime cuando por crecimiento algunos entienden únicamente estímulos fiscales y monetarios. Dado que la política monetaria convencional –tipo de interés, provisión de liquidez a los bancos-  está actuando ya al límite de su capacidad, un programa de crecimiento requiere otros dos tipos de medidas: las reformas estructurales y las de tipo fiscal. Las primeras han avanzado en los principales países con problemas de la Eurozona, pero con excesiva lentitud, por lo que este esfuerzo debe continuar aunque no quepa esperar resultados significativos en los próximos trimestres. En cuanto a las medidas fiscales, las condiciones actuales de los mercados hacen impensable un estímulo generalizado y simultáneo por parte de todos los países de la Eurozona. Pero hay alternativas. La prórroga en la consecución de los objetivos de déficit fiscal para países como España va en la buena dirección, aunque esta estrategia adolece todavía del defecto de no plantear los objetivos en términos de déficit estructural. Además se necesita aplicar un programa de gasto para financiar grandes proyectos de diversos tipos de infraestructuras Europeas. El acuerdo en la última cumbre para movilizar algo más de cien mil millones de euros con este propósito es un paso, aunque a todas luces insuficiente; se ha perdido una gran oportunidad para utilizar los fondos y la capacidad de endeudamiento del Banco Europeo de Inversiones -como proponen Griffith-Jones y Kollatz-Ahnen- doblando, como mínimo, el tamaño del estímulo.

El tercero de los frentes es el más urgente y en el que sin embargo los resultados de las diferentes cumbres son más decepcionantes. Para que la UEM pueda refundarse sobre bases más sólidas y para que sea posible aplicar políticas de estímulo es preciso desterrar la idea de que el Euro puede romperse. De otra manera las tensiones en el mercado de deuda no remitirán de forma significativa, haciendo extremadamente costosa la financiación pública y privada de algunos países. Las expectativas optimistas generadas tras la última reunión del Consejo Europeo parecen desvanecerse. El compromiso de una posible compra de bonos soberanos en el mercado secundario por parte del Mecanismo Europeo de Estabilidad es claramente insuficiente por las razones que señala De Grauwe y que Rafa Doménech y yo discutimos aquí. De este modo algunos países de acreditada solvencia siguen financiándose a tipos prohibitivos, alimentando la percepción de un riesgo cambiario cuya eliminación fue uno de los objetivos de la creación del Euro. Esta insuficiencia no se arreglaría ni siquiera con una hipotética reactivación del programa de compra de bonos por parte del BCE si este se anuncia como limitado y temporal. Por otra parte, la recapitalización bancaria directamente por parte del MEDE descargando de riesgo a los estados, que se presentó como otro de los resultados estrellas de la cumbre, está quedando rápidamente en entredicho como lo demuestran las discrepancias entre los propios funcionarios europeos sobre el alcance del acuerdo: aquí, aquí y aquí. Sin estos dos mecanismos cualquier intento de reducir las primas de riesgo con una rapidez suficiente para evitar el colapso de las finanzas públicas de algunos países esta condenado al fracaso.

El enorme esfuerzo político aplicado a la resolución de los grandes problemas de la Eurozona y la Unión Europea sólo ha conseguido resultados significativos en la creación de nuevas instituciones que permitirán un crecimiento más equilibrado en el futuro. De haber estado en vigor, estos instrumentos habrían evitado una crisis de la magnitud y características de la actual. Este es el segundo gol, pero para ganar el partido es necesario empezar por marcar el primero. Ahora la tarea urgente es salir de la crisis con el menor coste posible –que en cualquier caso no será pequeño. Y aquí es donde Europa en su conjunto está mostrando una incapacidad alarmante para tomar medidas efectivas.

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