Poyais

Antes de que a alguien se le ocurriese vender el Golden Gate, la torre Eiffel o solares en la Luna y mucho antes de que saliesen a bolsa las acciones de Bankia, había tierra para crédulos en Poyais. ¿Poyais? Ah, …sí, esa nueva república, de la que tanto se hablaba, en la costa caribeña de Centroamérica, la comidilla del lugar. Estamos en el año fue 1822, un mercado alcista bramaba en Londres y Edimburgo y los bancos bullían con la noticia de que Sir Gregor MacGregor, un hombre con una carrera militar impresionante y una reputación fuera de duda, estaba ofreciendo acres en el Nuevo Mundo a precios irrisorios.

Poyais aparecía en los mapas de la llamada “costa de los mosquitos” y se describiría como un verdadero Jardín del Edén, lleno de tierra rica para hacer crecer el dinero ocioso. Azúcar, cacao y café se cultivaban fácilmente, y el algodón crecía salvaje. San José, la capital, era un modelo de eficiencia europea, con su castillo, el edificio del parlamento, ópera, catedral y un puerto moderno, su gobierno e instituciones financieras estaban preparadas y esperando a la indefectible avalancha de promotores inmobiliarios. Los inversores estaban impresionados no solo con la promesa de la riqueza fácil, sino también con el romance de un paraíso tropical donde podrían plantar la bandera de la cultura anglosajona en el corazón del territorio español.

Dos grandes barcos de colonos abandonaron las islas británicas por ir a Poyais en 1822 y 1823. Apenas después de que los cansados viajeros de los duros viajes hubieran llegado a la playa, y los buques fletados hubieran desaparecido en el horizonte, estos desafortunados inmigrantes se dieron la vuelta y vieron lo que habían comprado.

Poyais era pura ficción. Había restos en descomposición de un recinto abandonado, pero no había ciudades, ni plantaciones, ni minas o canteras, ni muelles, almacenes o edificios públicos. Había, sin duda, mucho bosque enmarañado, lleno de pantanos y más que suficientes mosquitos que transmitían el paludismo y la fiebre amarilla. La confusión se transformó en disgusto y después en ira, y la mayoría de colonos se retiraron rápidamente al enclave británico cercano de Belice. Pero antes de que encontraran un paso fuera de la región, unos 180 de los originarios 250 colonos fallecieron de enfermedades tropicales. Los supervivientes que volvían desordenadamente a Inglaterra se encontraron sin recursos para obtener un resarcimiento equitativo.

Las emisiones de bonos, ventas de tierra y la divisa inventada del imaginario Territorio de Poyais eran todo parte de una estafa. El monumental fraude había conseguido la credibilidad no solo de los soñadores aventureros, sino también a serios banqueros, administradores de fincas sedientos de beneficios y un círculo de amigos de aristócratas con medallas de hojalata. Fue tan convincente Sir Gregor que los engaño a todos.

Lo realmente de esta historia es que nadie dudó de aquella inversión, se juntaron muchos factores para crear la estafa perfecta, desde un enorme desconocimiento por las antiguas colonias españolas hasta las necesidad y las ganas de encontrar un nuevo territorio en el que invertir. MacGregor pagó a algunas personas influyentes para conseguir el apoyo político necesario y se crearon oficinas de inmigración que vendían a inmigrantes potenciales terrenos en Poyais.

En 1839, una vez agotada su riqueza, pidió la nacionalidad venezolana, la recuperación de su rango de general y la pensión inmediata. El gobierno venezolano aprobó sus peticiones y MacGregor partió a Caracas en donde fue enterrado en la catedral de Caracas, con todos los honores militares en 1845

Durante los dos siglos posteriores la historia se ha repetido innumerables veces. A alguien se le ocurre inventarse una “tierra prometida” en forma de tierra o de algún producto muy sofisticado, contrata a personas y medios influyentes para dotarlo de credibilidad, abrir algunas oficinas para que la gente, al menos toque algo y vea que la cosa va en serio. El negocio crece y crece hasta que algún valiente marinero se le ocurre navegar para ver con sus propios ojos la calidad de las “tierras”…

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